sábado, 18 de diciembre de 2010

Relato


La Muñeca
de Marte


Vivimos varias realidades a la vez, que se interpenetran entre sí. Algunas las vemos como lo cotidiano; otras, como magia. Lo único que podemos considerar real es que son fragmentos de algo mucho más grande que nuestros ojos apenas pueden vislumbrar.

        Tobías Haremburg IV.
        Instituto InterD. Cronomoscú.

  
La vida es compleja, pero ínfima comparada con la inteligencia. El ser humano, como uno de los representantes galácticos que poseen el don —o la maldición— de la razón, es una joya de la complejidad. En todo el universo hay una constante y es que nada es infinito ni perfecto. Como colofón para esa ley, está el principio de Iam Heines, que dice:

 «Cuando más compleja sea la interacción dentro de un objeto o cuerpo determinado, más posibilidades de fallar tiene».

El ser humano es una máquina orgánica de gran singularidad, donde los procesos que interactúan no son solamente físicos, sino químicos, eléctricos, etc. De esa sofisticación, surge como resultado más característico la inteligencia y de ella, derivados como miedos, esperanzas, creatividad e inconformidad. A esta última nos referiremos cuando puedan leer la historia de Wolfe, un hombre común en un mundo común; un alma perdida en la masa, invisible e inexistente para los ojos cósmicos.
Es bueno a veces descender sobre uno de estos individuos y estudiarlo. De él se pueden sacar cientos de enseñanzas que nunca se leerán en los libros de texto y descubrir facetas de su pensamiento que lo hace original, únicos. A pesar de que algunas personas pueden afirmar que en estas líneas no existe una sustancia firme como para construir un relato, podemos responder que el fin es solamente contar un instante en la vida de una persona normal, que vive en un mundo vulgar y que por eso, la historia ya es importante en sí misma, lo mismo que cada persona que habita el universo y que con su existencia forma parte de la mecánica celeste.
Wolfe es un hombre que podría ser feliz. Aparentemente lo tenía todo: comida, una pareja, un pasar económico que le permite utilizar coherentemente sus tiempos, una mente autoconsciente de su lugar en el mundo, y una vida segura, rodeado de situaciones comunes...
Hasta que llegó la Muñeca de Marte.

***

Fue en uno de esos días cargados de problemas, cuando la Muñeca de Marte cayó literalmente en su vida secuenciada por la rutina.
Se había levantado temprano y descubierto, como primera cosa, que el pasa cintas estaba roto. A eso se le sumó que la impresora del editor escribía símbolos incomprensibles en lugar de las palabras que intentaba sacar del cubo del procesador, como si éste estuviera poseído por un espíritu cibernético, y la reconciliación con su novia se había postergado para siempre como una conversación telefónica formal que más parecía una entrevista de trabajo, que un diálogo entre dos personas adultas que han mantenido una ilimitada relación sentimental y física por casi dos años.
Cuando se levantó, el reloj marcaba las siete y media de la mañana. Era verano y al asomarse por la ventana, desnudo, pudo descubrir un cielo de un azul tan intenso que momentáneamente se olvidó de los problemas. El aroma del jardín se sumó al viento fresco que entró con una fuerza inusitada para crear una imagen parecida a la de los sueños: colores muy firmes, olores con forma y música omnipresente; sentimientos que escapan del cuerpo descarnado e inmortal que habita el interior de los sueños por las paredes de bruma que guardan los pensamientos que originan el microcosmos onírico.
En la casa en que vivía desde su nacimiento había muchos sectores interesantes o que sorprendían a los recién llegados a veces gratamente, otras negativamente. Por ejemplo, su padre, gran conocedor y amante de las «Singularidades Malzberg», las que demarcaban los sectores de ruptura del orden dimensional, había edificado una morada sobre una bolsa de peculiaridades y construido pequeños santuarios junto, o incluso dentro de los fenómenos. Cuando la visita recorría el patio o el fondo de la casa, a veces sin querer, otras como una broma de los anfitriones, se podían topar con fenómenos como el de ver cada sector del cosmos en un punto —algo que provocaba generalmente mareos y gases a los novatos—, fusionarse con la flora y fauna de tiempos arquetípicos y por venir, o percibir los aromas, sonidos, gusto, imágenes y sensaciones táctiles completamente alteradas e invertidas sin orden. Después de que los visitantes abandonaban el espacio físico donde reinaban las singularidades, regresaban a la normalidad del mundo objetivo... aunque sicológicamente nunca volvían a ser los mismos.
Wolfe ya estaba acostumbrado e incluso aburrido de toda esa parafernalia de efectos y fenómenos, aunque todavía existía una parte de la finca que lo impactaba a pesar de su futilidad. Esta era el jardín. Se dividía en dos; una sección tenía seis metros por tres y la otra tres por tres. La frontera entre ambas era una escalera de baldosas amarillentas de ocho escalones escoltada por dos paredes de un metro de altura. Cuando subía por ella se sentía como que estaba accediendo a otros niveles de conciencia, donde los procesos intelectuales se manifestaban no solamente en el cerebro, sino en cada parte de su cuerpo. En algunos días de tormenta eléctrica, se paraba en el cuarto escalón y extendiendo los brazos, se veía como una antena que recibiera todos los pensamientos generados en el cosmos en forma de una melodía que nunca se repetía. A ese sentimiento él lo llamaba «La Balada de las Estrellas», e incluso de adolescente, había escrito un cuento con el mismo nombre que jamás había publicado. Independientemente de él, los dos territorios separados del jardín eran como una antigua Francia, dividida después de la guerra entre los dos bloques aliados con una fosa de kilómetros de largo por cientos de metros de profundidad. Esta escalera escoltada por muros funcionaba igual. Las hormigas, pequeños mamíferos, reptiles y demás insectos terrestres se miraban desde ambos lados sin esperanzas: familias distanciadas por la decisión de un arquitecto tirano.
Ajenas al drama, abejas, mariposas y pequeños dragones alados de escamas verdes o púrpuras saltaban de un rosal a otro, para libar el néctar con sabor a caramelos de cereza, exhibiendo lujuriosamente su libertad de cuarenta y ocho horas. Sobre ellos, sonreía la estatua de mármol blanco de la Diosa Artemisa, su rostro cambiando cuando el sol le entibiaba los pechos y el pubis con sus rayos sensuales: una expresión casi forzada en un mundo indiferente a las expresiones.
Se desprendió de la ventana y vistió. Ropa negra, jean, zapatos y remera con un símbolo de Excalibur en medio del pecho. Su novia eventual se marchó temprano a un seminario de Alienidad en la ciudad de Münich: una aglomeración de edificios góticos, cerveza, tranvías rojos y miles de personas de cabellos rubios y ojos helados que planean el exterminio definitivo de la raza humana; una paradoja que dio cobijo a las personas que crearon la comunidad de las mentes por un lado, y la muerte de la razón por otro.
Inga había dejado café, crema y bizcochos sobre un mantel rojo y verde. Mientras tomaba café y comía las mantequillas de crema doble, recordó la última disertación del profesor Porter sobre Alienidad. Este era un concepto estético y filosófico que se iba extendiendo por el mundo sin que aparentemente, hubiera demasiados detractores que lo imputaran. Sus bases ideológicas promovían una nueva mentalidad ante los cambios, un punto de vista alienígena para enfrentar las innovaciones tecnológicas, ya que la sociedad occidental no había cambiado demasiado desde los últimos dos mil años. Aún se mantenían las religiones y los sacrificios humanos, el amor a la sangre, la pasión por la guerra y los cultos a la fertilidad que implicaban regar semen y sangre humana sobre la zona recién cultivada, amen de las fastuosas orgías presididas por los Druidas Nox. Porter aseguraba que ante tal invasión de tecnología "alienígena", palabra con que definía lo verdaderamente nuevo, las mentes humanas debían variar todos los conceptos filosóficos, morales y sociales. Como ejemplo citaba una fotografía de la película, Alienígena, Alienígena, donde un horrible y mortal ser creado por la magia del ilustrador H.R. Gigernaus, trepaba en una nave y masacraba a toda la tripulación antes de dedicarse a bailar Tap por los corredores desiertos. Esa magistral película, escrita y guionada por A.E.I. Van Vogt, tenía una imagen del interior del vehículo extraterrestre donde se podía ver una enorme maquinaria biomecánica que era incomprensible, pero que permitía percibir funcionalidad. Se sabía que todo marchaba, aunque no cómo ni para qué. Esa era la esencia de la filosofía porteriana, la ajenidad de un objeto determinado cuya funcionalidad era correcta, pero cuya estructura no solamente fuera incomprensible para los seres humanos, sino que además provocara malestares o reacciones inusuales.
Terminó la última mantequilla y se levantó, lavando la vajilla y acomodándola en su lugar. Después salió hacia la feria; quería comprar un libro del escritor surrealista conceptual Charles Bronson llamado: Yo los Maté a Todos, completamente agotado desde hacía más de diez años. En la feria de Tristán e Isolda era en el único lugar donde probablemente lo encontrara.

Tristán e Isolda era una de las ferias más grandes de la Colonia sureña de El Cerro. Su arquitectura era singular. Su forma, la de un rectángulo de un kilómetro y medio de largo por uno de ancho, protegido por muros que alojaban nichos. En su interior, cadáveres arcaicos, sobrevivientes a un cementerio que había sido abolido hacía más de trescientos años, dormían un sueño seco sin esperanzas. Estas murallas envolvían la feria como una protección de ultratumba. Algunos ancianos exagerados comentaban que a veces, en noches donde las lunas brillaban con una fosforescencia azulada, se podían ver a cinco muchachas que vagaban vestidas con ropajes blancos: sus pies descalzos rozando apenas el suelo de ladrillos y hormigón.
El interior de la feria se dividía en tres partes básicas e inamovibles. Primero, la sección comercial, con puestos fijos cubiertos por toldos de techos rojos y blancos para las frutas, amarillos y blancos para las prendas de vestir, verdes y blancos para los artículos de cultura —libros, cubos de música o imagen, etc— y celestes y blancos para los artículos varios. Lo segundo en importancia, si tomábamos en cuenta a la concurrencia que lo visitaba, era el parque de diversiones. Cubierto por artefactos en muchos casos enigmáticos para aquellos que no estaban vinculados al Movimiento Onirista, partía de un diseño cuya arquitectura había sido extraída de los sueños más inusuales del grupo de los Raros o Polisincrónicos, cuyos líderes fueran Lautréamont sobre fines del siglo anterior, y actualmente Dalí, Frankenheimer, Bretón y Robin Williams. Por ejemplo, en la sección de Dalí uno de los juegos más populares era el de la Ausencia de Tiempo. Por media hora, cualquier ser vivo podía introducirse en uno de los fláccidos relojes flotantes y apartarse del transcurso del tiempo. Cuando los eventuales tripulantes salían, eran media hora más jóvenes que los que se habían quedado afuera. También era muy visitado el Reflexorio, un pequeño lago donde la gente se veía reflejada en su parte animal, la cual partía con ellos cuando se retiraban para no abandonarlos jamás, o la Antropomorfía, Carrusel de formas semisólidas y coloridas, mezcla de quirófano con cuarto infantil lleno de juguetes. En pocos minutos un grupo de surreogenetistas podían aplicar partes clonadas a un cuerpo para buscar practicidad: por ejemplo, una señora demasiado hogareña podía ser fusionada con un pequeño armario ventral para portar elementos de cocina, o un dentista ser convertido en un sillón inteligente. Concluyendo el paseo a la feria, se podían recorrer las márgenes del río artificial que ondulaba entre las dos secciones anteriores, escoltado por un pequeño cerco de hierro pintado de verde oscuro. El río estaba construido con paredes de azulejos celestes y verdes. En el interior, se simulaba un hábitat marino parecido al erigido en los nuevos atolones de Mururoa, variaciones artificiales de los que desaparecieran por causa de las inútiles pruebas nucleares de la ya derrotada Prusia. Aunque no todo era simulado. El coral rojo era real, lo mismo que los peces tropicales y el tiburón blanco de siete metros que acechaba a que algún idiota o ebrio cayera en sus dominios iluminados con focos violetas. Los curiosos y turistas se acercaban generalmente a los bordes o se paraban sobre los numerosos puentes de madera cubiertos de enredaderas de rosas salvajes para apreciarlo mejor.
Wolfe entró a la feria y esquivó la tumba de Asmodeus, el demonio que se había autoinmolado por la humanidad sin que ésta siquiera lo tomara en cuenta; un mártir inútil en un mundo desencantado. Mientras caminaba junto al río, pudo ver a una muchacha hermosa que se desnudaba y comenzaba a bailar sobre la baranda del puente. Un grupo de idiotas portando timbales y flautas, vestidos con túnicas color azafrán y gimoteando una letanía a Kali-Yahvé, el hermafrodita acreedor de seis brazos que guardaba cocodrilos en sus bolsillos, la alentaron a entregarse en sacrificio. Ella balanceó sus pechos enormes y se arrojó al río. Al chorro de agua azul que se elevó un par de metros hasta el puente, enseguida se le sumó otro de sangre rojo intenso que salpicó a los idiotas mientras aullaban y babeaban de placer.
Wolfe dudó unos instantes, pero continuó su recorrida. Esta era la vigésima vez que veía el desagradable espectáculo y aún no se podía acostumbrar, pero tampoco era posible que hiciera nada. De haber intervenido la muchacha misma lo hubiera arrojado al agua para tirarse atrás de él de todas formas.
Anduvo sin rumbo por la sección de la feria dedicada a las frutas. Las había de todos los tamaños, colores y formas, aunque dominaba la dodecagonal. Ultimamente se estaba poniendo muy de moda la ingeniería genética y no sólo se veían vegetales y frutas extraños, sino animales para mascotas certificados con una grifa de color rojo de que estaban aprobados por el Ministerio de Salud Pública. Aunque eso no daba demasiada seguridad. Hacía tres meses un comerciante de Carrasco había sido devorado por la sirena que tenía en su piscina cuando intentaba hacerle el amor. Obviamente la empresa fabricante alegó que el sexo con sus productos no estaba dentro de lo respaldado por el seguro. El Director del Hospital Perera Roselli, —cuyo Centro Materno Infantil parecía más el sector reservado a los animales para disección de una facultad de veterinaria que una división designada a bebés humanos — D'ell Guazzo, alegó que no tenía nada que alegar, como lo hacía siempre que se ponía en juego su administración, después, regresó a su comercio de ventas de bebés con planes especiales de créditos y sorteos.
— Trabajo con todas las tarjetas... — alegó con un guiño de vendedor de coches.
Compró una enorme manzana violeta y la comió lentamente. Su jugo tenía un sabor a chiclets de tutti-frutti que se fabricaban cuando él era un niño; algún nostálgico de su generación había comenzado a trabajar en el departamento de saborización de la Adams Family, o en todo caso, era coincidencia o puramente subjetivo.
Atravesó la marea de gente que iba y venía. Los había de todos los colores y razas, incluso algunos hombres-reptiles de la zona más septentrional de la Atlántida. Se apartó de ellos. A pesar de los perfumes sofisticados, de sus sonrisas encantadoras, de sus ropas fastuosas y sus mentes brillantes, siempre prestas a entablar una disquisición filosófica inteligente y deliciosa, olían a pescado.
Cruzando el puente sobre el largo acuario, pudo observar al tiburón que nadaba sin cesar, devorando de vez en cuando algún pedazo de carne que le arrojaban los carniceros cuyos puestos se encontraban sobre el borde del agua azul. De la pobre muchacha ya no quedaba nada visible.
Del otro lado estaban las librerías. Eran unas cuarenta y se podía encontrar de todo y en cualquier idioma. Revolvió en varias pilas durante una hora hasta encontrar lo que había venido a buscar y a un precio razonable.
—Trabajo con una de las mejores distribuidoras de la Colonia...— comentó el librero completamente fuera de contexto. Era un gordo rechoncho, de rostro moreno, sonrisa falsa, elegante —a pesar de que su traje estaba roído, de su panza abombada, de su rostro ordinario y su melena ridícula— y manos nerviosas que trataban de confundir al posible cliente para que llevara a Harold Rowling en lugar de John L. Fante.
Harry Spotter: Los Sueños Mueren Después es una excelente novela que combina magia, erotismo explícito y fetichismo de tubérculos… — insistió.
Ajeno a los detalles y al mensaje subliminal que el hombre blandía frente a sus ojos —«Leer a Harold Rowling es como un viaje al caribe... lleve sus obras escogidas por sólo $$ 699ºº»—, Wolfe pagó y se alejó hacia la puerta occidental. Cuando llegó a la salida, pudo ver las paredes cubiertas de nichos con jarrones de mármol cargados de flores amarillas, celestes y blancas. Trató de imaginar los cadáveres en el interior pero no pudo. Se decía que cincuenta años atrás fueron reconvertidos por un ingenioso sistema de reciclaje, pero eran solamente historias producidas seguramente por el vulgo. De lo que sí estaba seguro es que ahora eran reliquias. El Reboxón, esa droga descubierta sobre fines del siglo pasado, además de extender el tiempo vital en un cuarenta por ciento, reducía el cuerpo a polvo en cuestión de minutos cuando una persona fallecía. De esa forma se evitaba todo el lamentable proceso postmortem, con sus traumáticos e incómodos rituales, rostros sobreactuando un dolor inexistente, café recalentado y besos en mejillas fosilizadas de ancianas que pronto repartirían invitaciones a sus fiestas crepusculares.
Salió de la feria-cementerio. Tenía ganas de caminar por lo que no tomó un colectivo; además estaban tan viejos e iban tan cargados de gente que se decía que la dictadura los usaba como castigo para los presos políticos, aunque esto último era una broma... eso creía.
Atravesó la plaza pública y pudo ver a una muchacha que era sometida al Pacificador. Varios coraceros metidos en armaduras de cuero marrón quemaban las plantas de sus pies en público con una máquina a vapor; rostros de metal y cuerpos rígidos que mostraban una evolución hacia el acero. Una ausencia de carne en los organismos modificados para reprimir y distribuir dolor.
La gente se agolpaba alrededor para observar mejor: trajes de colores cálidos recién comprados a comerciantes sonrientes. Un hombre vestido con una túnica amarilla se rió y aseguró que a él no le importaba lo que le pasara a la mujer porque siempre se había mantenido al margen de toda actividad política o social. Mientras lo llevaban con grandes patadas en el trasero hacia la camioneta camuflada murmuró:
—Maldito Niemöller...

El sol se acercaba al cenit cuando llegó a la zona de Construcciones. Estaba cerca del mar: sordo rumor de agua helada que rompe contra rocas con forma de castillos derruidos. Rodeada por un campo de varios kilómetros y un monte que moría en una playa cubierta de osamentas de reptiles y humanos muertos en batallas olvidadas, la Zona estaba comprendida por edificios de cuatro pisos, armados con planchas de cemento gris y vigas de hierro negro. Montañas de arena o pedregullo se alzaban al cielo azul desafiándolo fútilmente.
Wolfe aún recordaba cuando con su padre, la atravesaran en los tiempos que solamente estuvieran excavados los sótanos. Ellos iban una vez por semana en busca de hinojo para los basiliscos que criaban en una pequeña ciudad artificial de madera y vidrio. Junto con su perro, MonkeyPrimatomono II, atravesaban la Zanja del Diablo y colgados a cien metros sobre un pantano interior arrancaban los matojos y los metían en bolsas de arpillera blancas: la savia verde chorreando como la sangre de un cadáver mutilado escondido por un amante excedido en sus celos. Mientras Monkeyprimatomono II ladraba y corría dragones voladores pequeños, su padre le contaba anécdotas sobre bestias que acechaban bajo la arena movediza, o pequeños faunos que tocaban sus flautas alegres dentro de las forestas más tupidas, intentando atraer niñas para sus festines sexuales y antropófagos.
Se detuvo y cerró los ojos aspirando el aroma a hinojos que le trajo la imagen del rostro de su padre, como si hubiera presionado el switch de un control remoto y encendido la pantalla de un televisor. Casi le parecía sentir los ladridos de su perro, cuando en su lugar percibió un silbido similar al de un avión caza que persigue a un dirigible que intenta bombardear una ciudad. Abrió los ojos y alzó la mirada. El cielo era de un celeste fuerte, similar al que se aprecia en el grafo de un lápiz de color, e incluso oliendo igual. No había ninguna nube, dragón, ave o artefacto volando entre la zona y el sol. Poderoso y ajeno, este último era lo único que se mantenía encima de su cabeza. A pesar de todo, el silbido se hizo más intenso, incluso mucho más que el de los propulsores de los emplumados aviones a reacción, o el de los trenes de cuerpo vermiforme y pulsante. Protegiéndose los ojos con su mano derecha, agudizó la vista y pudo ver un pequeño punto que se agrandaba lentamente hasta tomar una forma conocida. Fue en ese preciso instante que la muñeca de Marte cayó hacia él y cambió su vida.

Según astrónomos como Claudius y Karl Gustav Sagan, Marte era un planeta muerto. Se había escrutado la roja superficie con los telescopios más potentes y solamente se encontraron miles de kilómetros de arena púrpura y colinas desgastadas por las olas del tiempo. Un investigador del año 1877, Schiapparelli, afirmó que había descubierto "Canali" en Marte. Pocos años después, Lowell detectó canales construidos por una civilización arcaica que los utilizaba para contener el agua que iba desapareciendo de la superficie, pero algunos años más tarde, Claudius desmintió las afirmaciones y mostró fotos de la superficie arenosa, calcinada por el sol e inmóvil desde su ausencia de vida. Minutos después golpeó a los que aún dudaban de ello.
Todas las demás suposiciones se quedaron en eso, suposiciones y deseos de mantener los huesos en sus lugares adecuados.

El objeto impactó como en cámara lenta en el suelo junto a sus piernas. A pesar de la altura de la que cayera, no tenía ningún daño aparente.
En el aire había olor a jabón en polvo, perfume a celestes y caramelos de fruta.
Con mucho cuidado la tomó entre sus manos y la pudo apreciar mejor. Era una muñeca. Tenía la piel blanca, pero el pelo y las uñas eran de un verde metalizado. Su ropa era también del mismo color, con la textura de un adorno navideño. Imaginó que provenía de algún dirigible o un avión militar —cualquiera se alistaba en la fuerza aérea hoy en día—; pero había algo en la forma del juguete, la expresión de su rostro, la disposición de sus miembros y los siete dedos de manos y pies, que le dijo que estaba ante un extraño acontecimiento. Aunque eso fue solamente el principio de algo mucho más grande. Por un impulso puso la frente de la muñeca contra la suya y sintió la sensación...

Vio una enorme ciudad levantada sobre una llanura roja. Los edificios eran verdes: discos montados unos sobre otros, divididos por cilindros de vidrio verde oscuro. Estaban conectados entre sí por millones de tubos y caños que morían en el interior de unos canales que dejaban deslizar un agua espesa, de un verde sucio. En el aire, cientos de vehículos esféricos o en forma de medialuna, viajaban desde el interior de túneles hasta los techos de las construcciones. Por las calles y cintas de transporte, se deslizaban millones de personas con dos características básicas: pelo y uñas verdes; pensamientos y anhelos desconocidos o incompatibles con los de Wolfe.

Se quitó la muñeca de la cabeza y la mantuvo bajo el brazo. Se dirigió a su casa sin pensar siquiera en lo que había pasado y la dejó dentro de la biblioteca, fuera de su alcance, por el momento. Debía meditar. Tenía sed. Tomó una jarra de jugo de naranja de la heladera y se llenó un enorme vaso con la forma de dos esferas de cristal copulando; bebió con avidez. Hacía calor. Se quitó la ropa y semidesnudo, caminó hasta su escritorio y tomó un libro sobre Cruceros tempoespaciodimensionales, ballenas, divas de cine y aventuras en dimensiones y tiempos que no era muy probable que existieran en alguna parte. Encendiendo un maltrecho ventilador de pie que temblaba enviando aire para cualquier lado menos donde tenía que hacerlo, se mantuvo unos segundos parado frente a las aspas pintadas con manchas de Roschard. Después se recostó a leer el libro. Pasó tres páginas cuando no resistió más, sacó la muñeca de su escondrijo y la acostó junto a él. Se acomodó y continuó leyendo. En esa página, un ballenero tempoespaciodimensional con una tripulación de personajes como Bradbury, Ahab y un Michael Jackson que escapaba de varios padres que lo querían asesinar por haber coqueteado con sus hijos varones de doce años, se enfrentaban a una Moby Dick fusionada con miles de ballenas y monstruos de todos los tiempos y dimensiones imaginables.

Caminaba por una ciudad verde. Las personas que andaban junto a él, a pesar de ser diferentes físicamente, no le prestaban la menor atención. Intentó mirarse en un espejo, pero sorprendido se dio cuenta de que no se reflejaba en la superficie de plástico azul. Era como si lo hubiera infectado un ataque de vampirismo. Las calles eran de una especie de cristal fundido, con detalles grabados en relieves que parecían introducirse en las entrañas del planeta; un juego de opuestos que se impregnaban entre sí. Jeroglíficos indescifrables las cubrían, y los pies descalzos de los seres de cabello verde los pisaban —imaginó—, para guiarse.
Deben ser ciegos...
—Disculpe...— le dijo a una muchacha de expresión ausente. — ¿Las marcas en el piso son para guiarse...?
Ella pareció dudar unos segundos, como si no entendiera su pregunta.
—Son para leer. Es un libro. Usted camina sobre sus palabras y las lee. Eso es lo que se hace con los libros... Es lo que se hace, se hace eso, se hace, se lee así. Una apreciación de texturas que la piel recibe y los cerebros procesan.
Se alejó de ella. No entendió el por qué de algo tan poco práctico. Era más fácil imprimir un libro en plástico, o papel o electrónicamente y leerlo con los ojos, no esto.
Detuvo a un anciano y le preguntó lo mismo. El viejo sonrió y dejó caer unas lágrimas que enseguida se evaporaron en un humo levemente rosado.
— ¿Eres un alenoid, no? Lo eres, eres uno; uno de ellos, lo eres — le preguntó y a la vez afirmó con una especie de condescendencia, aunque Wolfe no estuvo seguro de esto último.
— ¿Un qué?
—Uno de los que vienen y van, de los que no tienen la habilidad de entender; de comprender, carecen de ello. Sus sentidos sinápticos y de enlace en la piel son insensibles, amputados de nacimiento por malformaciones celulares.
Pensó que para lograr una mejor explicación debía seguirle la corriente.
—Sí. Es así, está en lo correcto, así...— afirmó.
—Nuestra especie no posee la capacidad de fijar la vista en objetos pequeños; a ti te debe pasar lo mismo y es por eso que nunca podrás aprender a leer, nunca, jamás, es un hecho. Algo inamovible. Nosotros, la gente normal, lo hacemos con el cuerpo, con cada parte, cada sección, con las piernas, el torso, el rostro, los pies, las manos... Sentimos la impresión de los símbolos en la piel. También leemos con el resto del cuerpo. Una buena lectura se hace en el hogar, en casa, tranquilos, un ritual... desvistiéndose y girando lentamente sobre las planchas impresas, girando, moviéndose calmadamente, captando, saboreando cada frase, cada imagen.... Antes podíamos andar desnudos por la calle y aprovechar más el cuerpo, pero con ésta época fría es poco saludable, peligroso, casi mortal. Nuestro mundo se derrumba debido a que el agua se ha ido agotando, desapareciendo... Antes no era así, ahora es peor, se acerca el destino de Lohrhe, el último Juicio de los Dioses... Y ya no leemos, ya no, no. No como antes... Nuestra vida fue hecha para leer constantemente... Nuestros cuerpos, son, completos, si, un receptor interminable de información... Es nuestra naturaleza, nuestra, si, lo es...
Agradeciendo se alejó del viejo y se sentó en un banco de una plazoleta con un lago que flotaba sobre los jardines. De vez en cuando dejaba caer una ligera llovizna y regaba las flores verdes. Alrededor, edificios cilíndricos de un metal plateado y cristal facetado reflejaban la luz naranja del sol que parecía moribundo.
—El rojo avanza... no se detiene, nos acecha, amenaza...— murmuró una mujer joven, mientras miraba el desierto colorado que se extendía en las afueras de la ciudad y presionaba sus pechos desnudos contra una inscripción que cubría un monumento de geometrías eggerianas.

Despertó de la siesta y se dio cuenta que había dormido con la muñeca junto a él. La desnudó y aún somnoliento, la observó con detenimiento. En la parte anterior, bajo el vientre, tenía cuatro vaginas. Sosteniéndola fuerte en sus manos supo que cada una cumplía una función clave en la reproducción de los marcianos. Era como el sistema de seguridad en la base de misiles. Cuatro tipos tenían que introducir cuatro llaves a la vez para que el misil fuera activado. Después solamente quedaba oprimir el botón y ¡Bum! Explosión demográfica...
Se levantó y bañó. Debía ir hasta la casa de su exnovia para llevarle unos softwares para su nuevo P-51 Mustang, un procesador de la línea RVD. No tenía que hacerlo realmente, pero se había comprometido. Siempre se consideraba estúpido por este tipo de acciones, pero estaban en su naturaleza interior y jamás se preocupó por corregirlas.
Entró a la ducha y se enjabonó con una esfera verde con perfume a vainilla. El sabía que a ella le encantaba que oliera así. Salió de la ducha y se secó con unas fuertes ráfagas de aire caliente. Después, se vistió con ropa de color verde oscuro y partió hasta Maldiva, el barrio donde habitaba María Cristina con sus padres y hermana.

Cuando descendió del ómnibus amarillo aspiró profundamente. Era todo un ritual que había mantenido por los dos años de noviazgo que se habían soportado mutuamente. Los jazmines púrpura lo inundaron y el trató de buscar aquellas viejas sensaciones placenteras... fue en vano, porque estaba vacío. El ánfora que contenía sus memorias y recuerdos agradables estaba rota; al menos por un largo tiempo. Caminó trescientos metros y llegó a la casa de ella. El edificio era parte de una construcción que albergaba dos viviendas de diferentes familias. Tenía dos pisos, con un puente de madera que llevaba a la planta baja. Los ventanales eran grandes y los vidrios limpios brillaban bajo la luz de la tarde. Abajo, el garaje se hundía cuarenta metros en las profundidades, semioculta la entrada por una parra de grandes hojas verdes y racimos de uvas púrpuras: un umbral a fiestas familiares donde se come carne con salsa de champiñones, ensaladas con papas, mayonesa, choclo de granos dorados y helados cubiertos de sambayón. Tocó timbre y esperó dos minutos. Nadie vino a atenderlo. Aspiró el aire fresco y sintió olor a hojas de eucalipto quemándose. Volvió a atravesar el puente y dio la vuelta al terreno por la derecha, esperando encontrarlos a todos en el monte del fondo. No se equivocó. María Cristina, su hermana María Isabel y sus padres estaban sentados en unas sillas reclinables de madera de color blanco, ubicadas sobre el pasto y junto a la foresta, mientras observaban con interés un viejo televisor apagado; emociones muertas reflejadas en un vidrio verde oscuro.
—Buenas tardes...— alcanzó a murmurar Wolfe.
María Cristina y su hermana se levantaron, mientras sus padres murmuraban un seco saludo. Nunca les había caído bien, a pesar de que siempre lo habían tratado con gran simpatía, y ahora no debían soportarlo ya que era obvio que su hija nunca más tendría otra relación que no fuera intercambio de software, algún libro o cosas igual de inocuas.
— ¿Cómo estás?— le respondió su ex novia con el rostro serio. Su hermana fue más simpática y lo abrazó y le dio un beso. El padre de ellas encendió el televisor en un canal muerto en símbolo de protesta. Los grises y azules que bailaban le hicieron vislumbrar una imagen del mundo en que le tocaría vivir después de fallecido. Un universo donde la estática y las interferencias descompondrían su cuerpo en megas de información que nunca podrían estar completamente unidos.
—Te traje el soft para el equipo...
Ella asintió.
—Gracias...
Caminaron por el fondo, al borde del bosque y se sentaron en un tronco tostado por alguna fogata antigua. A lo lejos se podían ver decenas de eucaliptos y sicomoros que se perdían en el mar lejano.
— ¿Hoy lo vieron?
María Isabel negó con la cabeza.
—Hace días que no aparece. Hay dos posibilidades, o murió o se prepara para atacar después de todos estos años.
Wolfe negó con las manos en un lenguaje cifrado que solamente ellos entendían. El aroma del eucalipto quemado surgiendo de una lejana fogata que el padre de las muchachas había encendido algunas horas atrás, lo inundó en alas de una ráfaga de viento que casi pudo sostener entre sus dedos. Hizo el intento pero desistió dándose cuenta que ya no existía la complicidad con ellas, como para querer atrapar el tiempo en una tarde de otoño.
—Lo dudo. Esa entidad debe estar esperando algo; designios que desconocemos. Desde su forma hasta los sonidos de sus bocas, evidencian ajenidad. Nunca había visto una especie como esa en toda mi vida...
—Hace algunos años, en nuestra casa del lago vimos unas cosas que volaban en escuadrones en formación Echelon y dudo mucho que estén clasificadas. La ciencia últimamente no da abasto con las innovaciones que se vienen haciendo en la genética. Hasta un adolescente, si dispone de algo de capital, puede comprar un equipo de IG y fabricar en su garaje nuevas cadenas de ADN para jugar a ser Dios. — dijo María Cristina, con un tono aburrido.
Wolfe se miró los pies. Sus zapatos se apoyaban sobre la tierra arenosa cubierta de hojas de pino y eucalipto doradas por el tiempo. Movió los pies haciendo crujir los vegetales secos. Un aroma confuso subió hasta él, despejando su nariz.
—Sí; en este mundo de mierda, si tienes dinero puedes hacer lo que quieras...
— ¿Ya empezamos?— sentenció María Cristina.
Sus padres hablaron del tiempo en voz alta, mientras tomaban el té; una intervención que marcaba su incomodidad ante la invasión del intruso que alteraba el orden familiar. Un árbol cortado hacía de mesa natural. El olor de la torta de chocolate llegó hasta el recién llegado, recordándole que no había merendado. Sintió ganas de comer alfajores.
—Me tengo que ir— dijo.
Las dos muchachas se levantaron y lo acompañaron hacia el frente de la casa. María Isabel le dio un beso y volvió con sus padres; María Cristina, lo llevó hasta la puerta, la abrió, entró y lo besó en el cuello. El muchacho trató de besarla en la boca pero ella negó con la cabeza.
— ¿Por qué?
—No sé... — una expresión que en los últimos meses se había repetido como un comercial tedioso y poco creativo.
—Tengo que irme— dijo él, sabiendo que su relación nunca iría más allá que de un beso en el cuello o algún manoseo espontáneo. Lo que ellos habían creído que fuera amor alguna vez, había muerto, como un bebé malformado que la naturaleza elimina cruelmente, sin compasión.
Ella no le insistió. Lo acompañó hasta la puerta y la cerró a sus espaldas.
Wolfe supo que nunca volvería a verla. Así sería mejor. A veces valía la pena una rápida eutanasia cuando la agonía de una mala relación era insoportable.
Antes de cruzar el puente, tuvo el impulso de arrojarse sobre la parra y ahorrarse tres metros de camino. Sabía que sería peligroso, su salto debía ser perfecto o erraría la atrapada de las ramas y caería cuarenta metros hacia abajo, sobre un suelo de duras baldosas porosas.
Se paró en la baranda de hierro y madera; brincó con los brazos hacia adelante, como una ardilla voladora o un pequeño dragón de alas veteadas de lila y verde. Por unos segundos, sintió el viento siseando en sus oídos, mientras veía como sus manos se acercaban a las ramas retorcidas de la parra. Fueron unos segundos que parecieron horas. Todo se movió lento, cayendo bajo la influencia del tirano tiempo subjetivo, y de pronto sus dedos se aferraron a una rama gruesa. Con el sacudón cayeron tres o cuatro racimos de uvas aún rojas, y estallaron sobre el piso blanco y negro después de una eternidad. Mientras se alzaba y acomodaba, observó hacia abajo e imaginó un tablero de ajedrez donde pocos minutos antes se librara una sangrienta batalla. Haciendo un esfuerzo visual, le pareció percibir los racimos reventados como vísceras abandonadas por moribundos peones que fueran atravesados por lanzas de alfiles asesinos.
Tomando impulso trepó aún más sobre la planta y fue haciendo equilibrio hasta el muro que dividía una casa de la otra. Saltó de él y estuvo otra vez en tierra firme.
Sintió una mezcla de olor de incienso de vainilla, eucalipto quemado, pino y metal al rojo vivo. Un hombre avivaba el fuego encendido con una pila de hojas. En medio de ellas, una mano cercenada de unos cincuenta centímetros desde la muñeca hasta el dedo mayor, brillaba con un color naranja.
Wolfe se acercó al viejo e inspeccionó la "cosa".
—Era un gigante...— murmuró el vecino de María Cristina, mientras con un rastrillo llevaba más hojas a las llamas. —Hacía tiempo que se robaba mis Dodos, pero la trampa que le hice funcionó... Espero que no regrese para vengarse.
—Lo dudo... No se olvide que la mayoría de las creaciones bioartificiales tienen los cuatro preceptos de seguridad suministrados por la A.S.I.M.O.V. — murmuró el curioso, mientras se alejaba después de observar la mano por última vez: carne como metal comenzando a fundirse por el calor. Imaginó que esa mano era la del ente que acechaba la casa de su ex novia desde que ellas nacieran, pero era demasiado sólida. El estaba seguro que el monstruo que se escondía entre los bosques y la bruma de los atardeceres era un producto del inconsciente colectivo de la familia. Una manifestación del terror que todos tenían de admitir que sus vidas no eran tan ideales como lo exhibían. Aunque eso era lo que le pasaba a todo el mundo. Cada familia mantenía una postura formal y escondía sus monstruos hasta que en algunos casos, eclosionaban en forma de locura, muerte o en una entidad física. Olmedo & Corbo, el equivalente a la psicofísica de Master & Johnsons a la sexología, especulaban sobre una nueva etapa evolutiva del Hombre. Los inconscientes colectivos de grupos ligados genéticamente y enfrentados en luchas internas por espacio y dominio, creaban entidades capaces de emparejar la batalla para uno u otro lado. Hijas que querían más libertad y deseaban que el monstruo eliminara a un padre posesivo; o padres que para controlar a sus hijas le daban vida a un ser horrendo para que ellas temieran salir y dependieran de él hasta el momento de su muerte; los mismos medios para un fin similar.
Se alejó hacia la parada del ómnibus. Un graznido desde el cielo lo hizo alzar la mirada. Un pterosaurio de piel azul calipso giraba erráticamente, en busca de comida o una hembra con la que aparearse.
Llegó a la parada y se sentó en el cordón de la vereda. A su espalda, en la casa de la esquina transformada en inmobiliaria, había una especie de vernissage; probablemente inauguraban un nuevo servicio o simplemente festejaban alguna venta extraordinaria. A través de la ventana, Wolfe pudo apreciar a la gente que brindaba con sus copas de champagne o ambrosía celeste. En ese momento se sintió solo; vivía en un mundo sin emociones, dominado por la rutina de trabajar con su editor de texto, digitando las cosas que otros escribían sobre el sexo, la sociedad y la comida marina, tríada ésta que dominaba la existencia de cada uno de los habitantes del planeta. Una mujer veterana, con el pelo teñido de tres colores, el rostro muy pintado y un vestido negro con lentejuelas plateadas, rió exageradamente mientras balanceaba su copa con champagne. Probablemente recordara algún chiste que no haría reír a nadie con diez gramos de cerebro: un elemento de una burguesía que dominaba el mundo por inercia, o ausencia de rebeldía de los dominados. El tuerto mítico que gobierna a los ciegos.
Wolfe sintió envidia de esa forma de vida que nunca podría alcanzar. Para ser uno de ellos, debería transformarse en bufón, algo que iba en contra de su esencia misma.
Aunque he tenido que ser casi un bufón por dos años para estar junto a María Cristina...
Imaginó una vida dominada por el tiempo —dominada por una abstracción—, haciendo tareas inútiles, sin sentido, que movían la maquinaria gigantesca que producía un simulacro de supervivencia grotesco: miles de juguetes estúpidos que avanzan desde la fábrica a las manos de crueles niños, que los van destrozando en etapas imprevisibles. Destinos de colores que se desprenden como las escamas de un pez muerto.
Subió al ómnibus de la línea amarilla y se acomodó por el medio, junto a una ventana. El largo viaje de una hora y cuarto sobre un duro y chato asiento de plástico gris, lo hizo darse cuenta de cómo iba perdiendo su vida entre viajes sin beneficios, un trabajo carente de estímulos y mujeres que no llenaban su cerebro de recuerdos agradables, sino de complicaciones.
Soñó despierto mientras observaba como las casas, jardines, edificios y árboles pasaban a gran velocidad por la ventana del vehículo e hizo una analogía con su vida. Esta pasaba sin siquiera dejar constancia en la gigantesca base de datos que era el universo. Meditó una vez más en el sentido de Alienidad. El era alienígena para la forma de pensar de su mundo. Alguien desconforme con las pautas sociales, culturales y políticas imperantes. En desacuerdo con las dictaduras e imperios que dominaban el planeta desde los orígenes tribales, sin complicarse en unirse a sectores de la oposición, y ni siquiera fusionarse de alguna forma que se le escapaba con los oficialistas, para experimentar una posibilidad de cambio. Sus ojos miraban impávidos a los árboles que corrían a su derecha, como horas sin sentido que se perdían hasta que en el momento de la muerte, se las reclamaba a gritos para una segunda oportunidad.
Deseó en ese mismo momento el tener la fuerza como para jugarse a un mundo de aventuras, aunque ya no las había en grandes cantidades. Siempre le insistió a María Cristina que amaba el mar y le hubiera gustado embarcarse en un arponero de los tantos que operaban en los atolones de la Atlántida. Al sur del continente, se podían encontrar los seres más impresionantes nadando entre los arrecifes de coral. Krakens, calamares gigantes, serpientes marinas de doscientos metros de longitud, aves Roc anidando entre los farallones basálticos o sirénidos de pechos abundantes y cabellos azules.
María Cristina, cruelmente realista, le dijo que no había nada de magia en la pesca o la caza de algo que podía comprar en el supermercado de enfrente. El la había odiado por eso. Ella tenía razón cuando le aseguró que nunca llegaría a nada; la tenía desde el momento en que entraban al supermercado y adquirían huevos de Roc, o algún kilo de calamar o serpiente. No existe misterio en lo cotidiano. Pero él había reconocido en cada acción de la muchacha, un plan quizás inconsciente para limitar su mundo; transformarlo en un hombre sin sueños ni esperanzas, sin amigos a los que poder acudir para pedir un consejo objetivo. Después que lo aislara en su capullo, ella habría clavado sus largas uñas en su pecho y bebido toda su alma.
Se dio cuenta de que el ómnibus ya atravesaba el Prado, una zona boscosa donde los lobos aún acechaban detrás de los juegos infantiles y las geometrías imposibles de Günter Himler, el arquitecto del miedo, como lo llamara la comisión de derechos humanos de Berlín. Las estructuras de hierro y concreto, cimientos de enormes enredaderas de plantas carnívoras de aromáticas flores que se alzaban en espiral hacia las ciudades flotantes de helio y papel de aluminio, emulaban las obsesiones interiores de la mayoría de sus visitantes. Allí donde algunos podían ver solo un puñado de hojas sobre un hierro retorcido y oxidado, otros captaban con horror un crimen sangriento, o la violación a la que los sometiera su padre o su madre en su tórrida infancia. De lo único que todos mantenían una opinión unánime era de que nunca se vería algo positivo en una obra de Günter Himler, al que también se lo llamaba Pistolita Kid, —nadie sabía el por qué de un apodo tan sugestivo en inquietante—
en los círculos más herméticos de la Oberen Schmied Gasse. O no había nada o salía de entre lo casi obvio, una trama oscura y terrible.
Las esculturas y arquitecturas fueron dejadas atrás, mientras un recuerdo que fuera abortado antes de ser siquiera vislumbrado, moría definitivamente en la mente de Wolfe.
La curiosidad por lo morboso. Ese amor por las cosas retorcidas y oscuras había hecho que los traumas de la humanidad se retorcieran por el mundo en forma de arte, comida y cada uno de los elementos de supervivencia. Una de las características de los nuevos seres humanos era el manifestar su interior, desdoblarlo y extraerlo para que reptara como una serpiente que busca alimento incansablemente.
En quince minutos más el vehículo llegó hasta donde él vivía. Un barrio de casas bajas rodeado por accidentes naturales. De un lado, un cerro boscoso con un castillo de la época de las colonias atlantes en su cúspide; del otro, el río Caracol, o Uruguáy, como lo llamaban los casi extintos indígenas que vendían puntas de lanza, toscos tejidos, boleadoras y microchips de conducta religiosa artesanales en la feria.
Descendió por la escalera retráctil y se dirigió a su casa. Después de entrar, se asomó a la ventana y aspiró el aroma de las flores que se cerraban para campear el anochecer. Las gotas de rocío que aparecían de improviso sobre los pétalos rojo sangre, rosados o dorados, semejaron lágrimas de un pequeño dios de la naturaleza que lamenta que los hombres lo hayan olvidado en sus ofrendas. Sin que la belleza circundante lo afectara, se recostó en la cama y tomó la Muñeca de Marte, los ojos de zafiro mirando hacia un tiempo que ya no volvería. Verde contra blanco, reflejos brillantes como papel de aluminio, juguete perdido en una infancia no recordada. Acercó la cabeza de la muñeca a la suya. En ese momento, pensó en varias posibilidades para el objeto. El primero, que los marcianos hubieran lanzado miles de muñecas por todo el sistema solar, como botellas con un mensaje de auxilio de una raza que se extingue; lo segundo, que esos mensajes en forma de juguete hubieran vagado miles de años por el cosmos y recién ahora, después de que las ciudades y sus habitantes fueran barridos por el polvo rojo de Marte, llegaran a un destino racional; y la tercera y última —se le podrían ocurrir más pero estas tres eran las más consistentes— era que estuviera demente. Que su negación de una realidad que no toleraba, hubiera concebido esa muñeca para sentir que en otra parte del universo, en un planeta cercano, hubieran otras personas con las que convivir, dominadas por otros estímulos, por esa alienidad que él sabía existía en su interior, y que le brindaban una nueva esperanza a su improbable futuro.
Apretó la muñeca contra su cabeza y cerró los ojos.

                    
                                    Roberto Bayeto Carballo.    
                                         19/10/1995. 17:40. 

5 comentarios:

  1. Estimado

    Pido su autorizacion por este medio, para pasar este cuento a un PDF, para subirlo a Scribd.com

    Espero que no se ofenda.

    Saludos.

    p.d.: Ya me voy a www.freeones.com a ver porno gratis.

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  2. Publique sin problemas, como es de protocolar uso, cite nombre y lugar de donde se extrajo.
    Saludos.

    RB.

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  3. Estimado, subí 3 cuentos:

    http://www.scribd.com/Roberto-Bayeto-Un-Pacto-Con-El-Hombre/d/45945907

    http://www.scribd.com/doc/45945905/Roberto-Bayeto-La-muneca-de-marte

    http://www.scribd.com/doc/45945903/Roberto-Bayeto-El-Mercado-de-Las-Sombras

    Saludos.

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  4. Bárbaro Tovarich...
    Mañana agrego uno de terror como regalo de Reyes... o todo lo contrario para los que no me aguanten como escritor, lo cual obviamente me resbala y mucho.

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  5. Bueno , quiero merecer el esfuerzo y dedicación. Hasta ahora, leyendo el relato "La muñeca de marte" . Maria Cristina es tu mujer actual, o es producto de tu imaginación?
    Quiero que me publiques algo de lo que escribo, quiero que me publiques los comentarios, porque al final, donde esta el arte sino me dejas expresar , estoy valorando tu trabajo y quiero ser parte de él, o te hago temblar , provoco miedo? sos medio mujeriego? o maria cristina te pega o algo? y si te gusto despues? corres ese riesgo? buscA LA manera de contestarme, no voy a dormir hasta que me des corte

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